Los cuatro sentidos de la Escritura

Las Sagradas Escrituras forman parte del invaluable tesoro que Jesucristo ha dejado a la Iglesia a través de los apóstoles. Todo cristiano ha de esforzarse por conocer y vivir según las Escrituras, pues en ello consiste la santidad. Así lo entendieron los Padres de la Iglesia, es decir los sabios, santos de los primeros siglos de la Iglesia, y ellos empeñaron su vida en el conocimiento y práctica del misterio de Dios atestiguado en los libros sagrados.

Dicen, por otra parte, que un enano que se sube en las espaldas de un gigante puede ver más lejos que el mismo gigante, aunque claro, su visión se debe sobre todo al gigante en quien se apoya. Algo parecido sucede en este caso: si nos subimos en las espaldas de estos gigantes, que fueron los padres de la Iglesia, podremos indudablemente ver más lejos. Ellos son quienes han dejado en la Iglesia la enseñanza para poder penetrar la Sagrada Escritura y aprovecharla. Nosotros podremos avanzar mucho en el camino de la vida cristiana si nos dejamos guiar por ellos.

No caba duda que poseemos también la ayuda de los métodos modernos de interpretación de documentos que la ciencia de nuestros días ha desarrollado. No debemos tampoco rechazar su uso. Sin embargo es conveniente subrayar que la enseñanza patrística nos pone de relieve algo que, siendo esencial, a veces se olvida: leer la Escritura con el mismo Espíritu con que fue escrita (DV 12, 3).

Un autor medieval, resumió las enseñanzas de los padres acerca de los sentidos de la Escritura proponiendo que podemos encontrar en ella cuatro sentidos: El sentido literal, el sentido alegórico, el sentido moral y el sentido anagógico.El Catecismo de la Iglesia Católica ha recogido esta enseñanza y la propone del número 115 al 119.

Ahí se nos explica que el sentido literal es el significado por las palabras de la Escritura y descubierto por la exégesis que sigue las reglas de la justa interpretación. Es lo que el autor ha querido decir, y es el sentido que sirve de fundamento a los demás.

El sentido alegórico es el que nos permite adquirir una comprensión más profunda de los acontecimientos, reconociendo su significación en Cristo; así el paso del mar Rojo es un signo de la victoria de Cristo y por ello del bautismo. Este sentido no es, como algunos pudieran creer, un sentido arbitrario, que se pone según el capricho del que lee, sino el de quien, iluminado por la fe, sabe descubrir a Cristo en toda la Escritura. Algunos piensan que se trata de algo así como los carros alegóricos de los carnavales, y han olvidado que en realidad alegoría viene del griego y significa lo otro, en este caso el otro sentido que se contiene en la letra de la Escritura. El sentido alegórico es el que se descubre cuando en la letra se descubre el misterio de Cristo.

El sentido moral indica que los acontecimientos narrados en la Escritura pueden conducirnos a un obrar justo. Esto es que si hemos descubierto el misterio de Cristo, a través del sentido alegórico, hemos también de vivirlo. Lo que nos indica cómo vivir el misterio es el sentido moral. Así podremos comprender que la moral cristiana no es simple colección de reglas sobre qué hacer o no hacer, sino ante todo vida, vida espiritual que surge de la fuente de la vida, Jesucrito Nuestro Señor que nos ha donado su Espíritu.

Finalmente, el sentido anagógico es aquel por el cual podemos ver realidades y acontecimientos en su significación eterna, que nos conduce hacia nuestra patria (el cielo) así, la Iglesia en la tierra es signo de la Jerusalén celeste. En otras palabras, el sentido anagógico es el que nos enseña que nuestra meta no está en este mundo, sino que vamos de camino a la casa del Padre, en la eternidad. Este sentido es el que nos anima y el que orienta nuestra esperanza.

He pensado algunas veces que en el fondo, cuando una homilía o una reflexión son buenas, es porque nos enseñan estos cuatro sentidos de la Escritura, aunque a veces sin conocer el nombre de cada uno de estos sentidos. Si el sacerdote nos explica el texto de las lecturas, nos hace ver cuando y como se escribió y por qué, etc., nos ilustra acerca del sentido literal, indispensable para proponer todo lo demás. Cuando nos explica, una vez asentado el sentido literal, cómo brilla en él el misterio de la salvación obrada por Cristo, nos está proponiendo el sentido alegórico. Una vez hecho lo anterior, cuando el sacerdote nos hace ver la relación de ese misterio con la vida cristiana cotidiana, donde debemos vivir o poner en práctica la Escritura, nos está enseñando el sentido moral. Al final, cuando nos dice que si guardamos el misterio en nuestro corazon y lo ponemos en práctica alcanzaremos la felicidad de los santos, entonces nos está proponiendo el sentido alegórico.

Es muy conveniente por lo tanto, leer y redescubrir la importancia de los padres de la Iglesia en este campo. Es necesario volver a leer a san Ireneo, a Orígenes, a san Agustín, a san Juan Crisóstomo. No estamos en el tiempo de ellos, cierto, pero indudablemente su contribución ha sido enorme para que nosotros hoy podamos leer adecuadamente las Escrituras en el Espíritu con que se escribieron.

Pedro Miguel Funes Díaz CCR